La guerra del juego

Bernadette Pardo

Convertir el sur de la Florida en la meca tropical del juego internacional ha deslumbrado a muchos pero no a los políticos locales. Según una encuesta recientemente realizada por el grupo Genting, los propulsores de los mega casinos, más del 65 por ciento de los encuestados en Miami-Dade apoyan la iniciativa que requiere la luz verde de la legislatura estatal para que vengan los casinos de lujo. “Es la gran oportunidad de transformar a Miami en el Mónaco de las Américas” me dice con contagioso entusiasmo Lincoln Díaz-Balart. El ex congresista federal republicano es el principal estratega político en la complicada batalla por los casinos que apenas comienza. Díaz-Balart se queja de que los políticos locales no le han dado calor a la propuesta e insiste en que es esencial presentar un frente unido a la hora del combate en Tallahassee. Por ahora el frente está muy desunido, veamos.

Tomás Regalado, alcalde de Miami, que hace unos meses entregó las llaves de la ciudad a los ejecutivos de Genting ya no está tan contento con la idea porque otro magnate, su padrino político Norman Braman se opone a los casinos. La alcaldesa de Miami Beach también está en contra por miedo a que los casinos le roben turistas a la playa. Y el recién electo alcalde de Hialeah no está muy contento con “los mercenarios de fuera que ahora vienen a coger mango bajito”. Hernández dice que estaría dispuesto a apoyar la propuesta de los casinos sólo si incluyen al histórico hipódromo de Hialeah en la lista de casinos autorizados. Según Hernández los 200 acres en Hialeah, en los que hay planeados dos hoteles de lujo y un centro comercial, son la sede ideal de uno de los megacasinos.

El ex administrador de Miami Joe Arriola considera que los casinos truncarían los sueños y esfuerzos de Miami para convertirse en un centro cultural. No sé quién le ha dicho a Arriola que los jugadores son necesariamente incultos. A Fyodor Dostoevski el autor ruso que escribió una novela magnífica sobre su adicción al juego también le gustaba mucho la opera y Francisco Quevedo dedicó unas páginas magníficas al juego en su “Historia de la Vida del Buscón, llamado Don Pablos”, por ejemplo. Coincido con Arriola en que casi todos preferimos que nuestros hijos sean cirujanos en vez de croupiers pero creo que de todo debe haber en la viña del señor.

A la hora de objetar, han aparecido objeciones de todo tipo. Para unos economistas locales, Tony Villamil, los casinos van a crear mucho empleo. Para otros, no es para tanto y otros aventuran que incluso destruirían empleo.

Para el presidente de la comisión del Condado, Joe Martínez, el problema es el reparto de los nuevos impuestos que generarían los centros de juego. O sea, como dice una amiga mía española: ¿quién se llevará la pasta? Y como siempre ocurre todo el mundo quiere meter la cuchara: las ciudades, el condado, el Estado, el gobierno federal y quién sabe quién más. Todos quieren una tajada, la mayor posible. Como escribió Mark Twain, para quien el “único culto que realmente unifica a los hombres es el dinero y lo que les enfrenta es que todos quieren el dinero para ellos mismos negándoselo a los demás”.

Yo no sé quien tiene la razón pero instintivamente continuo en el grupo de los deslumbrados por el cuento de la lechera de los casinos. Primero porque detesto la hipocresía de los talibanes, incluyendo a los de Tallahassee que abrogan el deber de protegernos del pecado y la perdición del juego. Si los legisladores estatales consideran que el juego es inmoral lo primero que deberían hacer es abolir la lotería y luego cerrar los canódromos, hipódromos y barcos-casinos.

Tampoco creo la magia malasia sea capaz de transformarnos en alegres súbditos de un principado idílico y pintoresco, como augura Díaz-Balart. Mi sueño es más modesto. En los años que llevo aquí —no digo cuantos para que no averigüen mi edad— ninguna iniciativa pública o privada ha revivido el moribundo “downtown” de Miami. Los planos en los que el grupo Genting ha invertido millones de dólares articulan una visión multidimensional que permitiría acceso público a un malecón con más de 5 millas de largo en una bahía privilegiada, en la que además se levantaría un complejo futurista que daría el relieve arquitectónico que necesita toda gran ciudad. Colin Au el presidente de Resorts Group Miami insiste en que su compañía está dispuesta a invertir millones en la tambaleante infraestructura del área en momentos en que los gobiernos locales no pueden hacerlo. ¿Por qué no dejarle? Sería una pena no tomar en serio esta oportunidad de rescatar de la mediocridad y el abandono a una zona que merece revivir y de paso darnos algún dinero extra.

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Acerca de Elperiodista

Un periodista FreeLance en busca de la verdad en Miami. La corrupción en esta ciudad no puede superarnos. Hemos vivido momentos terribles con los brazos cruzados y el silencio como justificación. Mi querida Miami, capital de todos los latinos, alza tu voz.

Publicado el diciembre 6, 2011 en Sociedad. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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